28/10/2026
Actualizado 29/10/2026 – 00:37h. Los negocios de la Calle Real de Albuñol han visto desfilar por sus puertas a generaciones enteras del pueblo. Con el paso del tiempo todos han ido cerrando sus puertas y solo quedaba con el escaparate lleno de objetos la relojería y joyería de Antonio Cervilla.
El relojero del pueblo tiene 77 años y está a punto de cumplir 78 el mes que viene. Lleva toda la vida entre las cuatro paredes de su relojería y no oculta la pena y la tristeza que siente al tener que echar la persiana.
Al fondo de la relojería, pasado el mostrador y las vitrinas, hay un cuarto tan estrecho que apenas cabe un hombre y su silla. Allí, bajo una lámpara articulada que se dobla sobre la mesa como un cuello de garza, Antonio se sienta cada mañana con la lupa colgada de la frente para ponerse en faena. Todo empezó en 1960. Antonio tenía once años y su padre, que hasta entonces había recorrido los pueblos como vendedor ambulante de joyería y relojería, se cansó de los caminos y montó una tienda familiar en Albuñol.
Entre aquellas paredes se crió el niño que acabaría siendo relojero. A los 18 años empezó a dedicarse al oficio. A los 21, al volver de la mili, se quedó con la tienda: su madre había fallecido y su padre, que volvió a casarse, se marchó del pueblo. Aquel joven sin saber aún todo lo que le vendría después se quedó solo con el negocio: «Me puse manos a la obra porque no sabía tampoco hacer otra cosa», cuenta.
A los 18 años empezó a dedicarse al oficio. A los 21, al volver de la mili, se quedó con la tienda: su madre había fallecido y su padre, que volvió a casarse, se marchó del pueblo
De su padre aprendió la relojería de siempre, la de dar cuerda. Pero los tiempos corrieron más deprisa que las agujas y se tuvo que poner rápido al día.
Cada tarde cogía el coche y se plantaba en Granada para asistir a cursillos de relojería suiza y japonesa en la Diputación, impartidos por técnicos que llegaban de las fábricas. Volvía a Albuñol de noche, con la cabeza llena de mecanismos.
Si hace memoria, todavía recuerda el primer reloj que arregló: un despertador de los de campanas. Desde entonces calcula que por sus manos habrán pasado «millones y millones» de relojes de todas las generaciones del pueblo y de los alrededores como La Rábita y El Pozuelo. El relojero de Albuñol en su taller de la Calle Real.. (M. J. A.)
En su taller, Antonio ha reparado todo tipo de relojes. Los relojes mecánicos se desmontan pieza a pieza, se limpian con máquinas de ultrasonido, porque una mota diminuta puede estropear el mecanismo, y se ajustan con aparatos que miden cuánto se adelantan o se atrasan.
En los de pila hay que comprobar la batería, la resistencia y el consumo para dar un buen diagnóstico: un reloj puede funcionar de maravilla y, aun así, chuparse una pila cada mes. Todas esas máquinas las fue comprando poco a poco, según avanzaba el oficio. Todos los relojes que llegaban a su manos tenían alguna peculiaridad y muchos de ellos llegaban de generación tras generación simplemente por conservarlos: «Antonio arréglame este reloj de mi abuelo, que quiero tener su recuerdo», esa frase la ha escuchado miles de veces. Pero su favorito, el que más le llamó la atención, aún lo conserva en el taller: un reloj de pared antiguo de las monjas del colegio concertado Cristo Rey de Albuñol. Es un reloj de los que ya pocos quedan: tiene la caja de madera tallada, la esfera blanca con sus números negros, el péndulo plateado que Antonio sostiene con delicadeza cuando abre la puerta de cristal. En él consta una reparación del año 1800. Una calle vacía
Antonio es el último comerciante de toda una época.
La céntrica calle Real fue siempre la calle de los comercios, con tiendas de textil, comestibles y muebles en cada puerta. Por ellas desfilaron generaciones enteras del pueblo. Poco a poco las persianas fueron bajando, muchas veces porque los dueños fallecieron y nadie cogió el relevo. Solo quedó, con el escaparate lleno de relojes y joyas, la única relojería que ha tenido Albuñol.
Él se había convertido en «la resistencia». Ahora los vecinos le dicen que la calle se va a quedar muy triste. Sus hijos han preferido apartarse del negocio familiar y dedicarse a otros trabajos y Antonio, muy a su pesar, piensa que el oficio no solo está desapareciendo, sino que se está extinguiendo, porque los pocos relojeros de antaño que quedan se están jubilando y no hay quien les releve. «Ahora con la vida que tenemos casi todo se tira y se compra nuevo, y llegan relojes de fuera que cuestan menos que un cristal», señala. Los pocos relojeros jóvenes que quedan trabajan para los servicios técnicos de las grandes marcas, con su sueldo. Montar un taller propio, dice, ya no tiene futuro.
«Hemos pasado de ser una herramienta a ser un complemento»
Tras años dedicándose al oficio, lo que más le duele, confiesa, es la era de internet. La gente ha perdido el miedo a comprar por la red: pide el reloj, se lo prueba y, si no le gusta, lo devuelve en el mismo paquete. Un comercio de pueblo no puede competir con miles de modelos al alcance de un clic. A eso se suman las grandes marcas, que exigen comprar cantidades cada trimestre y amenazan con dejar de servir al que no cumple. Antes se compraba un reloj para saber la hora; hoy se compra porque es bonito. «Hemos pasado de ser una herramienta a ser un complemento», explica.
Pero a pesar de todo, el relojero se despide del oficio con un buen sabor de boca tras dedicar su vida entera a servir a los demás. Ahora sus familiares le piden que se retire del viejo mostrador y sus amigos le esperan cada mañana para desayunar. Las manecillas del reloj, confiesa, nunca se pararán y seguirá trasteando en casa con algún arreglo y todo lo que guarda en el taller lo conservará tal cual.

