Casa Real Española
· Reina Sofía
Tras dar a luz a dos niñas, los nueve meses de gestación de Felipe fueron de una tensión inmisericorde. Así recuerda Pilar Eyre el sufrimiento de la reina Sofía
Actualizado a 30 de diciembre de 2025, 16:20
Corría el verano de 1967. En la ‘boîte’ Van Gogo de Cascais tocaban un lento y la noche era deliciosa, pero Sofía tenía una expresión atormentada. Juanito bailaba, mejilla contra mejilla, con una amiga, y la princesa permanecía sentada junto al marido de la amiga en una mesa, jugueteando con un cigarrillo. De pronto, se tocó la incipiente barriga, que apenas revelaba los tres meses de embarazo, y susurró: “No hay derecho… Vosotros, que os da igual, tenéis dos chicos y, sin embargo, nosotros, que tanto necesitamos un varón, dos niñas…”.
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El amigo le cogió la mano y le dijo que solo tenía 29 años, que vendrían más hijos, pero la princesa meneó la cabeza con desaliento: “Por las dificultades que he tenido en mis anteriores partos esta es mi última ocasión de quedarme embarazada; si no doy a luz a un heredero, habremos perdido nuestra oportunidad de reinar en España”.
Una reina envuelta en misterio Esta conversación tan reveladora, que recogió el periodista Gurriarán en su libro sobre el Rey, es quizá el único dato cierto que tenemos sobre la privacidad de la reina Sofía, tan enigmática que, aun habiendo vivido sesenta años en España (cuarenta de ellos como reina), es una gran desconocida. Si se habla del manto de silencio que ha cubierto las actividades de Juan Carlos, ¿qué deberíamos decir acerca de la misteriosa vida de Sofía?
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Ella le contó a la periodista Pilar Urbano que poco después de casarse había tenido un ataque de apendicitis en Grecia, por el que habían tenido que operarla de urgencia, pero lo que en realidad sufrió fue un aborto natural, como recogió la prensa griega en ese momento. La princesa había viajado a Atenas para refugiarse en los brazos de su madre ante la primera infidelidad de su Juanito. Fue la primera vez que quiso divorciarse, pero fue disuadida, tanto por su madre como por el propio Parlamento.
El diputado Elías Bredimas exigió que, si la princesa se separaba, debía devolver su dote de nueve millones de dracmas al pueblo griego, por lo que Sofía decidió que lo más conveniente era regresar a Estoril al lado de su casquivano marido.
El sufrimiento hasta dar a luz a Felipe Después tuvo dos niñas, y aunque oficialmente se dijo: “El parto ha ido muy bien”, y ella declaró después que los embarazos «fueron muy buenos”, lo cierto es que cuando dio a luz a Cristina se tuvo que quedar en el hospital una semana más de lo convenido, y cuando una enfermera indiscreta contó a los periodistas que la paciente tenía fiebre, fue amonestada y desmentida por una indignada princesa.
Es probable que Sofía tuviera a sus dos hijas mediante cesárea y no se quisiera hacer público para no sembrar dudas sobre el futuro de la monarquía. Así queda explicado un comentario que hizo a sus amigos (“No podré volver a quedarme embarazada”), puesto que los médicos desaconsejan una cuarta cesárea.
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Lógicamente, los nueve meses de esa última gestación fueron de una tensión inmisericorde, sintiendo el aliento en la nuca de las diecisiete generaciones precedentes de Borbones. Siguiendo con Sofía, según los amigos portugueses: “Estaba muy preocupada, lloraba, se encontraba mal, no dormía… Estaba muy nerviosa”. Debía cumplir con su deber; al fin y al cabo, sabía perfectamente por qué se había casado Juanito con ella. Llegó a suplicarle a su ginecólogo: “Debo tener un chico, los Borbones son muy escasos en hombres”. Federica, su madre, le ordenaba, como si eso estuviera en su mano: “Ahora un niño… Solo con un niño desbancaréis al primo Alfonso, que conspira por el trono”. La reina Victoria Eugenia llamaba desde Suiza: “Un niño, debéis tener un varón… ¡Basta de niñas!”.
El alivio de don Juan Carlos Don Juan Carlos también sufrió tanto que, cuando el doctor Mendizábal recorrió el largo pasillo de la Clínica Loreto y le dijo: “Alteza, ha sido niño”, se cayó al suelo, desmayado. Cuando volvió en sí, antes de ver a su mujer, llamó al Pardo y le gritó eufórico a Franco: “Ha sido un machote, excelencia, como su padre”. Después, telefoneó a su propio padre. Don Juan tenía tan poca fe en que el nuevo nieto fuera a ser chico que se había embarcado en un lujoso crucero por el Caribe a bordo del ‘Eugenio C.’, invitado por su cuñado, el millonario dueño del aperitivo Cinzano.
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Cuando la princesa se puso de parto desembarcaron en Miami y esperaron la llamada de Juanito. La comunicación era deficiente. Don Juan entendió que había sido niña y se puso a refunfuñar: “Por una hembra no pensarás que tu madre y yo volvamos a Madrid. ¿Para esto hemos desembarcado?”. Cuando el hijo gritó: “¡Papá, que ha sido un chico, el heredero!”, Juan aún rezongó: “Felicidades, pero te recuerdo que es el heredero del heredero, que antes que tú voy yo”.
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Luego, Juan Carlos entró en la habitación de su mujer, que había dado a luz llevando puesta la chaqueta de pijama de su marido, una costumbre que se había iniciado con Elena. Los dos lloraban y quizá en ese momento único Juan Carlos la miró, si no con amor, sí con agradecimiento. Y Sofía tal vez le susurró, como las reinas antiguas: “Deber cumplido”. ¡Ya estaba, lo había conseguido! Las mujeres de las familias reales no hacen política, hacen dinastía. Juan Carlos y Sofía nunca más volvieron a tener intimidad conyugal. ¿Para qué? ¡Ya no era necesario!

